¿Puedo beber café y comer chocolate?

thumbnail_fullsizerender-2Jorge Sánchez-Lander*

“Manuela le ponía un poco de ralladura de chocolate y mojaba el bizcochuelo con unas pinceladas de ron venezolano…que es el mejor del mundo, por más que protesten los castristas y se enojen los zapatistas”.

Leche Nevada a la Simón Bolívar. En Elogio de la berenjena. Abel González. 2000.

English version: Doctor, can i drink coffee and eat chocolate?

 

-Doctor ¿puedo beber café y comer chocolate?

Con esta frecuente y peculiar pregunta, siempre llena de ansiedad, muchas de las personas supervivientes de una enfermedad neoplásica maligna nos transportan a la medicina antigua. Lejos de la preocupación que significa,  tras haber derrotado el cáncer,  asumir como sacrificio  abstenerse de por vida de disfrutar de una buena taza de café o de unos pocos cuadritos de chocolate, en esta pregunta gravita el deseo de conocer si gracias a esa cruel penitencia podrán alargar más sus vidas. El mito de los alimentos oscuros como el café, el chocolate y las colas negras muy probablemente se encuentra arraigado en la Teoría de los Cuatro Humores. Para los antiguos médicos griegos y romanos, el cuerpo humano era una amalgama de tejidos y órganos bañados por cuatro diferentes fluidos, cada uno de ellos con características bien definidas y con un órgano como centro. De manera que para estar saludable, estos cuatro líquidos: la sangre, la bilis amarilla, la bilis negra y la flema (o linfa), debían mantenerse en perfecto equilibrio. Así, como al individuo con predominancia sanguínea se le asociaba con un temperamento cálido, agitado y brioso, a aquellas personas con exceso de bilis negra, se les relacionaba con un estado de ánimo melancólico (del latín, melancholĭa, bilis negra) y derrotista. Además se consideraba que estos sujetos tenían una mayor predisposición a desarrollar tumores malignos por la acumulación de ese líquido oscuro, conocido también como atrabilis. Si bien se ha demostrado que los cuadros depresivos se relacionan con un mayor riesgo para el desarrollo de enfermedades neoplásicas malignas, hoy en día se conoce que este estado actúa  como un cofactor más y no como un agente con una causalidad directa, y con mucha seguridad nada tiene que ver con consumir de forma moderada algo de chocolate o café. Podremos explicar esto largamente a nuestros pacientes, para tranquilizarles y darles,  como parte de su etapa de curación, las herramientas para el disfrute pleno de la vida, alejándoles de los hábitos de riesgo. Pero, con mucha seguridad lograremos en muy pocos casos sacar de sus cabezas esa arraigada creencia.

Estamos viviendo los movidos días del acceso ilimitado a la información. Solo con entrar en la Red, fácilmente nos convertimos en pocas semanas en expertos en meteorología, en sólidos baristas o en corredores de bolsa.  Pasamos de ser parte de una poltrona a ser furibundos activistas del TRX o febriles runners capaces de aconsejar a otros. El conocimiento está ahí, libre, a la mano y gratis, como quien recoge agua de una fuente pública. Solo basta con estirar la mano y listo, a convertirse en un experto con nuestra propia percepción y estructura de pensamiento, aun por encima de los que se considera una verdad científica.

En el interesante editorial publicado en The Lancet Oncology en febrero de 2017 Our Faustian pact with the digital world, Catriona M. McNeil y Paul R. Harnett nos describen esa nueva era, en la cual desde hace unas pocas décadas, habitamos. La describen con un neologismo aceptado por el Oxford Dictionarypost-truth o post-verdad, que denota las circunstancias en las cuales los hechos objetivos tienen una menor influencia en delinear la opinión pública, que lo que se deriva de la emocionalidad o de las creencias personales1.

Para los autores la profesión médica ha sabido durante años que la aceptación de Internet por parte de la humanidad, como árbitro de la verdad, tiene un lado oscuro faustiano. Esto quizás es más evidente en el área del tratamiento del cáncer, en el cual los clínicos se enfrentan a los desafíos duales del exponencial progreso científico y la naturaleza inmutable de la fragilidad humana.

Reconocer como especialistas, por ejemplo, que es poco probable mejorar el pronóstico en la mayoría de las enfermedades que han hecho metástasis a distancia, puede ser relativamente fácil. Pero convencer a un paciente terminal y a su familia desesperada que una empírica terapia con altas dosis de bicarbonato o con una avanzada terapia blanco no tendrá el efecto que la Red puede prometer, es una tarea casi imposible. En la búsqueda de esa bala mágica contra la enfermedad, hay no solo muchas líneas de investigación robustas e incontables desesperanzas desperdigadas, sino un montón de kilómetros por recorrer. Los avances en biotecnología van a un ritmo que entusiasma,  aun desafortunadamente mucho más lento que el verdadero logro neto, pero indudablemente no tan rápido como corre la comprensible esperanza de quien necesita de ese tratamiento. Cuando surge una nueva terapia todo fluye. La emoción en el paciente y su familia, conjuntamente con la alegría que siente el equipo médico tratante, cuando puede dar al fin una buena noticia, siempre es muy estimulante.

Sin embargo, a veces la realidad es otra y no puede ofrecerse nada más. Cuando todo esfuerzo terapéutico se ha agotado, lo que se intente no solo no resolverá el problema, sino que indefectiblemente lo empeorará por la toxicidad y/o un costo elevado en la atención. En ajedrez esa situación es conocida como  zugzwang, en la cual  nos toca mover nuestras piezas, pero cualquier opción de movimiento posible nos pondrá en una situación de mayor desventaja, apareciendo en el horizonte la certeza de que hemos perdido la partida.

Capitular como médicos, porque no hay alternativas, nunca ha sido fácil porque esto significa dejar de luchar por la vida de quien nos ha honrado con su confianza. Pero mucho más difícil que dar una mala noticia o rendirse, es decir con sinceridad que una terapia, aún en ensayo, no brindará ningún beneficio, especialmente cuando la Red dice lo contrario. Tememos ser los aguafiestas o el pájaro de mal agüero, un papel tétrico e incómodo pero sin duda más honesto. Una media verdad, es una mentira por todo el cañón y, en medicina, nadie queda exento de tener que decir una media verdad.  Como plantean McNeil y Harnett en su editorial, convencer con el cliché de: los datos aún no están maduros, es como querer parar una poderosa locomotora con nuestras manos. La gran accesibilidad a los datos sobre las líneas de investigación en nuevas terapias, debe ir acompañada de una guía para facilitar la visión integral de esa terapéutica con sus limitaciones y estado real de los beneficios. Mark Twain afirmaba: es más fácil engañar a la gente, que convencerlos de que han sido engañados.

Concluyen McNeil y Harnett: En la era post-verdad nuestras obligaciones como médicos siguen siendo las mismas. Debemos utilizar la información con precisión y sabiduría, como un cirujano utiliza un bisturí. A medida que nos esforzamos por brindar un tratamiento basado en la compasión, depende de nosotros asegurar no sólo una mano firme, sino que no nos quiten el escalpelo de nuestro alcance.

Así la próxima vez que me pregunten:

-¿Puedo beber café y comer chocolate?, responderé convencido: claro que sí, no se ha demostrado que haga ningún daño. Es más, acompáñelo de vez en cuando de una onza de ron añejo. Eso sí de ron venezolano, el mejor del mundo, porque esto último si está demostrado.

*Cirujano oncólogo, especialista en ginecología oncológica y mastología. Instituto de Oncología Luis Razetti y Clínica Santa Sofía, Caracas, Venezuela.

Referencias:

Mc Neil CM, Harnett PR. Our Faustian pact with the digital world. Lancet Oncol 2017: ;18:171-2.

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