Cuando parecía que no había nada más que contar

Jorge Sánchez-Lander*

 

Cuando terminé el borrador final de las seiscientas páginas de  El Emperador de todos los males en mayo de 2010, jamás pensé que volvería a levantar una pluma para escribir otro libro. El cansancio físico de escribirlo fue fácil de entender y superar, pero el agotamiento de la imaginación fue inesperado.  Cuando el libro ganó el premio concedido por The Guardian, Al Mejor Primer Libro, un crítico afirmó que era mejor llamarlo Premio al Único Libro. Golpe certero para mis miedos. El Emperador me había robado todas las historias, confiscado mis pasaportes, y le había puesto un gravamen a mi futuro como escritor; no tenía nada más para contar.

Pero si había otra historia: la de la normalidad antes de que sea asaltada por la malignidad”.

 Siddharta Mukherjee, The Gene 2016.

English version:  When it seemed that there was nothing more to tell

 

Cuando en septiembre de 2016 recibí como obsequio de Rodolfo Moreno, amigo, excelente cirujano y, por más de veinticinco años compañero de equipo quirúrgico,  The Gene: An Intimate History, el más reciente libro de Siddhartha Mukherjee publicado dos meses antes, adentro había una breve dedicatoria que decía: Espero lo disfrutes tanto o más que The Emperor of All Maladies. Era,  sin duda, una apuesta muy alta. The Emperor, escrito por el mismo autor y ganador de un Premio Pulitzer,  había ocupado obsesivamente mi atención a finales de 2010 y es uno de los libros más influyentes que he leído en mi vida. Con The Gene, mi amigo ganaba su apuesta por poco margen pero de manera indiscutible. Encontré un libro con un estricto orden histórico y teñido con una cálida emocionalidad.  De sus líneas  emergen pasajes con estimulantes ejemplos de esfuerzo y perseverancia. Su enfoque, como el subtítulo lo describe, es un acercamiento muy íntimo a nuestra génesis y estructura como especie, es la crónica de un interesante ejercicio de autoconocimiento, que parte desde la esencia bien resguardada de nuestro maravilloso código genético para sumirnos en una  narrativa  fluida, serena y gratificante.

Para Mukherjee, con su impresionante elocuencia, resulta muy fácil hilar historias en dónde él pensaba que ya no las había. Su disciplina cronológica no se hace rígida, porque en su recuento el lado humano siempre está presente. Esta historia parte de la antigüedad para describirnos como Pitágoras  consideraba que el semen era moldeado en el útero de la madre, a manera de una semilla en tierra fértil, en la llamada Teoría del Preformacionismo.  En cambio para Aristóteles  la transmisión de los caracteres de los progenitores a los descendientes, era el  resultado de la mezcla de los “mensajes”  que yacían en el semen masculino y en el semen femenino. El resultado era una combinación o blend, paradigma que se mantuvo vigente, casi intacto,  hasta principios del siglo XIX.

En la nueva concepción que dio base al desarrollo de la genética como ciencia, los trabajos del tenaz  monje agustino Gregor Mendel, en lo que hoy es la República Checa, fueron el inicio de esta prolífica etapa. Su paciencia lo había llevado a estudiar la forma como se transmitían y se modificaban las características propias de una especie. Sus trabajos sobre la herencia en abejas, en ratones y los más emblemáticos, sobre  las numerosas líneas de guisantes, produjeron finalmente su manuscrito entre 1855 y 1856, el cual dormiría en el olvido hasta 1900. El interesante algoritmo planteado por Mendel permitía predecir las características hereditarias que se lograrían en  la descendencia, en base a las combinaciones establecidas en sus ensayos. Así mismo, la descripción de unas características dominantes y otras recesivas, fueron uno de sus principales aportes.

Durante este periodo, como lo plantea Sturtevant en Una Historia de la Genética, el desarrollo de la Teoria de la Evolución de Darwin y Wallace ocupó la tendencia dominante. La publicación del Orígen de Las Especies, en noviembre de 1854, afianzó  esta visión como el fundamento más sólido de la biología evolutiva. No obstante, para muchos investigadores posteriores a Darwin,  la explicación de cómo se generan los cambios a lo largo de la sucesivas generaciones,  no podía ser explicada exclusivamente por la selección natural.  Justamente Bateson y De Vries, dos de los descubridores del trabajo de Mendel, se enfocaron en estudiar el misterio de las variaciones fenotípicas. El evolucionismo, basado en la transmisión de nuevos mensajes o gémulos a la descendencia, era en cierta forma una versión mejorada y ampliada de la concepción pangenética de Aristóteles. Darwin, en sus observaciones sobre los pinzones de las Islas Galápagos,  entre 1831 y 1836, propuso que una especie es capaz de modificar su estructura anatómica, y transmitir estas características a su prole,  en base a las necesidades, por ejemplo de alimentación. De esta forma aquellos pájaros, dentro del mismo archipiélago,  que  habitaban un ambiente rico en semillas desarrollarían un pico más robusto. Por el contrario, aquellos que solían alimentarse de frutos y flores, el pico resultaría más delgado y largo. Esto dejaba claro también que aquellas especies incapaces de evolucionar terminarían desapareciendo. En esa búsqueda Francis Galton,  diseñaría su célebre experimento de transfusiones sanguíneas en conejos, para pasar gémulos de unos a otros con la esperanza de observar elementos adquiridos en las camadas de descendientes, obviamente sin ningún resultado.  Le siguieron los complejos experimentos de Haacke, con su idea de los “centrosomas” en ratones albinos y moteados, cuyos interesantes resultados, publicados en 1893, serían poco conocidos por varios años. La confirmación de los resultados de Mendel con nuevos ensayos por Carl Correns en 1901 y por De Vries en 1899, permitió, ya iniciado el siglo XX, la reformulación de las estrategias de búsqueda de la unidad estructural de intercambio de la herencia: el gen.

Con este entusiasta mendelianismo, liderado en los laboratorios británicos por William Bateson,  se produjo el despegue definitivo del estudio sistemático de la herencia. Desprendiéndose de esa aura misteriosa, esta nueva disciplina bautizada por Bateson como genética, se disponía a iniciar esa luminosa etapa preliminar. Con gran maestría Mukherjee nos pasea de manera hipnotizante por los experimentos  de Thomas Hunt Morgan con la mosca de la fruta en su célebre Cuarto Volador, en la Universidad de Columbia. La inolvidable y dócil Drosophila melanogaster, protagonista de los laboratorios de biología del bachillerato de nuestra generación, le permitió desentrañar cómo se  determina el género y las características de la herencia ligada al sexo.  Su importante aporte en el perfeccionamiento de la Teoría Cromosómica de Boveri y Sutton, ayudó a reconocer que el domicilio del gen estaba en una estructura filamentosa dentro del cromosoma.

La impresionante capacidad de cuentacuentos de Mukherjee se hace especialmente palpable al tocar los temas más vergonzosos de la genética.  El relato de la campaña de esterilización masiva de “deficientes mentales” en el estado de Virginia  a mediados de 1920 y los experimentos de Josef Mengele con la eutanasia masiva y los espantosos experimentos en gemelos judíos, a mediados de la década de 1940, es estremecedor. Nos describe como estos atroces hechos fueron amparados por las Leyes de Núremberg, un ignominioso estatuto antisemita y racista,  aprobado por unanimidad en 1935, por el Congreso del Partido Nazi que permitió  la ola de crueles desmanes contra las minorías étnicas y religiosas más execrable de la historia de la humanidad.

En abril de 1953 la publicación del manuscrito sobre  la estructura del ADN, gracias a los trabajos de James Watson, Francis Crick, Maurice Wilkins y Rosalind Franklin, pasa a convertirse en uno de los hitos más importantes de la ciencia. Era la pieza que faltaba para que la genética, se convirtiera de un montón de conocimientos logrados, en un principio,  por aproximación filosófica y ensayos, que viajaron desde el más primitivo sentido de la curiosidad a la creciente estructura científica de finales del siglo XIX, tras el redescubrimiento de Mendel. En pocos años se pudieron crear hormonas como la somatostatina y la insulina mediante la técnica de ADN recombinante, a finales de 1960. También permitió encontrar, a partir de 1976, la mediación genética y, para mediados de la década de 1990, el tratamiento de muchas enfermedades como el cáncer.  Con los ensayos en clonación, células madres y pruebas de detección de riesgo genético confiables, el camino está perfectamente trazado para un largo plazo.

Por último, con el desciframiento del Human Genome Project en 2000 y el The Cancer Genome Atlas iniciado en 2005,  se abre un nuevo periodo que Mukherjee ha denominado como la etapa Postgenómica, la genética del destino y el futuro. Este periodo tendrá como foco la aplicación de la inmensa cantidad de conocimiento en pos del bienestar de la humanidad. La legislación regulatoria, los esquemas de financiamiento de la investigación y la contención ética necesaria, deberá ir adecuándose a una velocidad similar a la de los nuevos avances. Así mismo, debe asegurarse que llegue, de forma oportuna y justa, a todos aquellos quienes los necesitan.  También es preciso  evitar que esta maravillosa saga de historias y conquistas biotecnológicas, brillantemente relatadas por Mukherjee, terminen desvirtuadas en un nuevo episodio de horror en busca de la verdad científica como en el nazismo o se convierta en un lejano privilegio solo alcanzable para unos pocos afortunados.

Caracas, 20 de agosto de 2017

*Cirujano oncólogo, especialista en ginecología oncológica y mastología. Instituto de Oncología Luis Razetti y Clínica Santa Sofía, Caracas, Venezuela

Referencias:

  • Mukherjee Siddharta. The Gene: An Intimate History. Scribner, New York, May 2016.
  • Sturtevant AH, A History of Genetics. Cold Spring Harbor Laboratory Press, Cold Spring Harbor, New York 1965.
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4 comentarios sobre “Cuando parecía que no había nada más que contar

  1. Que sería de nuestra Sociedad sin elementos que atravesarán la barrera de lo cotidiano y se adentrarán en las profundidades del conocimiento para luego compartirlo sin mezquindad alguna al resto del universo comunicacional !? Gracias Jorge; amigo y mentor! Saludos allende el mar…

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