La perfección: una meta esquiva

Jorge Sánchez-Lander*

Dedicado al profesor Jesús Felipe Parra (1931-2017), quien  pasó su vida transitando y allanando el camino a la perfección en cirugía, con la esperanza de que muchos se dispusieran a recorrerlo. Perseverante inquebrantable, incapaz de aceptar un resultado que podía ser mejor. En no hacer concesiones con los medios términos estuvieron sus principales aciertos y no pocas decepciones. Fino estratega clínico, de juego limpio y en el terreno de las diferencias, sin duda un formidable contrincante.

 English version: Perfection: An Elusive Goal

Lo perfecto es enemigo de lo bueno, una potente frase atribuida a Voltaire, fácil de recordar y muy arraigada en el pensamiento occidental. Es muy complejo, desde el punto de vista argumental, desmontar su aparente certidumbre, pero confieso que siempre le he tenido cierta reserva por la solapada invitación a claudicar y su pulsión castrante. Quizás nos costará recordar cuándo fue la primera vez que la escuchamos, pero seguramente nos vendrá rápidamente a la mente cuando la utilizamos, como excusa,  para detenernos en medio de una acción porque  ya el resultado era suficientemente bueno, abandonando todo intento de seguir. Reconocer cuando algo es bueno resulta tan difícil como percibir que hemos llegado al umbral de lo perfecto. Debe existir un elemento sensorial que es necesario desarrollar, tal y como se logra  el ritmo y la cadencia deseada  en la bicicleta sobre el asfalto o cuando un pintor abandona el pincel y decide que el lienzo está perfecto.

Observar a alguien en esa febril búsqueda de alcanzar la perfección es  un elemento altamente contagioso. Cuando  Armando Scanonne, célebre gastrónomo venezolano e ingeniero de profesión, decidió resucitar y dejar impresos los sabores de su infancia en su eterno libro Mi cocina a la manera de Caracas, lo hizo buscando la perfección. Reacio, como él mismo lo ha declarado, de atreverse a aventurarse en el fogón, se le ocurrió invitar a destacados cocineros a reconstruir los platos que emergían de la cocina de su casa materna en la parroquia Santa Teresa, como forma de preservar la herencia culinaria venezolana. Para eso, durante años, haría obsesivamente entre cinco y siete veces cada una de las decenas de recetas incluidas en su libro rojo. Alcanzar la perfección en la elaboración del emblemático  Asado Negro, de una plácida Crema de Apio o de un Carato de Guanábana, no es cosa fácil. Con su estructura mental de matemático, logró que cada receta tuviese de manera exacta el peso, los tiempos de cocción, en fin el método para poder alcanzar esa perfección. Esta agotadora actividad, descrita impecablemente en El Legado de Don Armando de Rosanna Di Turi1, ha permitido que hoy la cocina venezolana tenga un eje documental robusto. A partir de ahí la profusión de los magníficos chefs de cocina venezolanos y nuevas propuestas gastronómicas, se ha multiplicado de forma interesante. La escuela de alta cocina del Centro de Estudios Gastronómicos, dirigida por el profesor José Rafael Lovera, es un aula con un claro deseo de reproducir nuestros más deliciosos platos y sembrar esta tierra de brillantes cocineros. De la misma forma como la perfección es la bandera de los grandes chefs de clase mundial como Ferrán Adriá en Cataluña o Juan Mari Arzak en San Sebastían, esa bandera puede ser tomada por cualquiera que se  decida a transitar el serpenteante y pendiente camino a la perfección.

Pero el logro de un resultado insuperable requiere un viaje a las raíces del conocimiento en cada campo, que no acepta improvisaciones. Cuando el maestro Jordi Savall inició el proyecto Dinastía Borgia: Iglesia y poder en el Renacimiento, con el fin de rescatar y reproducir la música que acompañó a esta controversial familia desde el año 1238 con la Conquista de Valencia por el rey Jaime I hasta 1671, año de la muerte de Francisco de Borja,  protagonista de la Batalla de Lepanto, había que sumergirse en los  archivos de El Vaticano y de muchas bibliotecas,  para encontrarse con las partituras originales.  Había además que reproducir los ya casi extintos instrumentos de la época,  para así poder recrear el breve Requiem de Joaquín Des Prez o el sonido de la música que se escuchaba en la corte del emperador Carlos V. Tal y como se puede ver en el documental Jordi Savall y los Borgia 2, se entiende que el magnífco resultado obtenido por las agrupaciones musicales La Capella Reial de Catalunya y Hesperion XXI, no es obra del azar. En su inquebrantable deseo de obtener la acústica perfecta, propia del esa etapa histórica, Savall explica que fue necesario grabar, en horas de la madrugada, en la magnífica colegiata románica  del Castillo de Cardona, en la Cataluña oriental. Para unos podría ser un gesto de purismo radical, para otros, un conmovedor compromiso con la excelencia.

Estos esfuerzos, están cada vez  más al alcance de quien quiere conocerlos e inspirarse. Con solo entrar en You Tube, se puede vivir de cerca desde la preparación de una expedición al Nanga Parbat hasta la actividad académica de la escuela de laparoscopia del IRCAD en Estrasburgo. Aprender de la precisión suiza, con la cual el equipo del Solar Impulse, capitaneados por el psiquiatra y piloto Bertrand Picard, logró dar la vuelta a la Tierra en un avión propulsado por energia solar, es hoy más fácil que hace pocos años. Disfrutar de la perfecta ejecución de Rhapsody in Blue de George Gershwin, con Yuja Wang al piano, es poderosamente inspirador.  Una milennial con un perfecto cuerpo de gimnasta, que  se inclina bruscamente a saludar a la audiencia en un ademán cual si fuera una fina navaja sevillana. Como interprete  nos lleva a un vertiginoso recorrido y cuando pulsa la nota final, nos ha entregado un baño de energía pura. Es muy difícil concentrarse al verla. Decidir si seguir sus ágiles manos atacando las teclas desde la fortaleza de la  perfecta anatomía de su cintura escapular o por el contrario escuchar con los ojos cerrados, es verdaderamente complicado. Cuando Wang, con su desparpajo como marca personal y la sincopada danza en la banqueta se desliza sobre el teclado, al ver su cara, percibimos lo que siente alguien que sabe que alcanza la perfección, que no se queda a mitad de camino ni siquiera para complacer a Voltaire y a sus seguidores. En el mensaje inconfundible de sus gestos faciales, hay una mezcla de serenidad y placer, quizás las sensaciones más cercanas que todos hemos tenido, en algún momento,  al aproximarnos a la perfección sin miedo y sin reservas.

*Cirujano oncólogo, especialista en ginecología oncológica y mastología. Servicio de Ginecología Oncológica del Instituto de Oncología Luis Razetti  y Clínica Santa Sofía, Caracas, Venezuela.

Referencias

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