Villanueva y la anatomía del concreto

Jorge Sánchez-Lander*

-Señora Villanueva , cuando usted le quiere preguntar algo al doctor, ¿cómo hace?

-No le pregunto nada -les contesté-. Porque cada vez que le pregunto algo me da tres soluciones distintas y quedo peor que como empecé.

¿Sabes lo que me contestaron?

-¡Qué afortunada es usted! ¡Sólo le da tres soluciones! ¡A nosotros nos da como siete!

Margot en dos tiempos, retrato de una caraqueña del siglo XX, Adriana Villanueva, 2005.

English version: Villanueva and The Anatomy of Concrete

m_villanueva-gasparini-listaNacido en el consulado de Venezuela en Londres el 30 de mayo de 1900, Carlos Raúl Villanueva pasa sus primeros años en Europa. Su formación académica la realiza en el Liceo Condorcet de París y posteriormente en la Escuela de Bellas Artes de la misma ciudad, de donde egresa como arquitecto en 1928. A los pocos meses de graduado viaja a Venezuela para conocer la tierra que poco después consideró su patria y a la cual dedicó su vida y su obra. Para inicios de la década de 1930 es contratado por el Ministerio de Obras Públicas y dentro de sus primeras construcciones destaca el Hotel Jardín y la Maestranza de Maracay. En Caracas erige la sede del Museo de Bellas Artes y el Museo de Ciencias Naturales, geniales edificaciones que consolidaron las ansias de modernidad de la ciudad capital. Después de pasar unos meses en la Escuela de Urbanismo de la Universidad de París, regresa a Caracas y entra a formar parte de la Dirección de Urbanismo del Distrito Federal en 1938, en la cual se comienza a desarrollar el Plan Monumental de Caracas, dirigido por el ingeniero francés Maurice Rotival. En una fase interesante de su trayectoria, forma parte del equipo de arquitectos del Banco Obrero y se dedica al diseño de viviendas para la clase trabajadora,  encabezando a partir de 1941 la gigantesca obra de reurbanización de El Silencio y en la década de 1950 la Urbanización 23 de Enero,  dos de sus obras más célebres.

Pero es en la creación de  la Ciudad Universitaria de Caracas, en los terrenos de la antigua Hacienda Ibarra al sur del río Guaire donde se consagra como uno de los genios de la arquitectura mundial. La extensa parcela se fue llenando de modernas edificaciones que reptan plácidamente entre formidables chaguaramos, apamates y araguaneyes. De las doscientas hectáreas, la Facultad de Medicina ocupa casi la totalidad de la parte oeste, con un complejo arquitectónico cuyo eje es el espacio flanqueado por el Instituto Anatómico y el Instituto de Medicina Experimental confluyendo de forma angular y que nos deja en su vértice, como fondo, la magnífica fachada principal del Hospital Universitario de Caracas. En esta estructura, coloreada por el ingenio del maestro Mateo Manaure, podemos encontrar esos espacios orgánicos que surgen con serena potencia. Los cuatro bloques que alojan las luminosas  salas generales, orientadas hacia el Este, son como romas falanges que se articulan perpendicularmente con tres edificaciones en la médula del complejo hospitalario, como si fueran gigantescos carpos y metacarpos.   Al norte de este eje, en el lindero sur del Jardín Botánico destacan el Instituto de Medicina Tropical y el Instituto de Anatomía Patológica, además de los interesantes espacios del Decanato de la Escuela de Medicina con su hermoso anfiteatro y su abandonado auditorio en el flanco sur.

lluvia de luzEn las enérgicas formas de Villanueva podemos ver colosales  costillares de concreto como en los techos del Aula Magna y del Estadio Olímpico. El reloj de la Plaza del Rectorado es una gigantesca columna con vértebras rotadas de forma helicoidal. El concreto, de inspiración  ósea, ingrediente clave de su creación se muestra desnudo y limpio ostentando su firmeza e interesante textura. En grandes segmentos es tapizado por el color de los murales de Pascual Navarro, Alirio Oramas, Alejandro Otero y Armando Barrios. En las corpulentas esculturas como la Maternidad de Baltasar Lobo, con su niño de bronce volando desde los brazos de su madre recostada o en el apacible Pastor de Nubes de Jean Arp, se puede sentir una enorme pulsión vital desperdigada en el paisaje.  El espectáculo que nos regala la fina red de ladrillos fenestrados  por la luz de la tarde sobre el frío aluminio del “Positivo-Negativo” de Vasarely y el suelo de la Plaza Cubierta, es alucinante. Redescubrir la cristalina retina multicolor del vitral de Fernand Léger en el vestíbulo de la Biblioteca Central o la “Ráfaga de nieve”, el icónico colgante de Calder en la Facultad de Arquitectura, es siempre una fiesta. Pero es en el Aula Magna donde se preserva el espacio más impactante de su obra. Una gigantesca sala a la cual se accede por sencillas puertas y estrechos pasillos que desembocan en un asombroso espacio donde habitan las Nubes Acústicas de Alexander Calder, como grandes células teñidas y suspendidas en el espacio.  Dentro de esa fascinante estancia es desde donde parten con nuevos retos sus egresados y donde gracias a su impecable acústica el más tenue pianissimo de un instrumento musical puede ser escuchado por el más lejano espectador.

La obra de Villanueva no puede percibirse solo desde las entrañas de la madera o la piedra tallada de Narváez, ni en las triangulaciones de Vigas, en los tragaluces o en las peristálticas rampas. No es su poderosa fuerza expresiva lo que más nos conmueve. Los pasillos techados con frescas semicañas o canaletas flotantes no son sino imprecisos márgenes dentro de una  dimensión aérea e impalpable. Su verdadera obra está en haber creado los espacios necesarios para alojar el conocimiento, el debate y el consenso. Espacios donde vive de forma permanente la luz que tanto se empeñó en atrapar, donde el entorno no es el marco o una cerca perimetral sino su esencia. Afirmaba Villanueva, “La arquitectura es un acto social por excelencia, arte utilitario como proyección de la vida misma, ligada a los problemas económicos y sociales y no únicamente a normas estéticas… Para ella, la forma no es lo más importante, su principal misión: resolver hechos humanos”. Es justamente este el hecho que mantiene más vigente su obra, como un emblema de civilidad, como un refugio  dentro de una ciudad bipolar que se resiste a ser engullida por el caos. La Ciudad Universitaria de Caracas, con la inflexible anatomía del concreto,  la fuerza de su color y su esencia espacial, se planta decidida a capear las embestidas de la intemperie y la desidia, pero también a enfrentar el cerco de un militarismo cruento y las emboscadas de estos tiempos de barbarie que nos tocó vivir.

*Servicio de Ginecología Oncológica, Instituto de Oncología Luis Razetti y Clínica Santa Sofía, Caracas, Venezuela.

Caracas, 29 de mayo de 2016

 

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5 comentarios sobre “Villanueva y la anatomía del concreto

  1. Agradezco profundamente este artículo. Como egresada de la UCV y madre de un estudiante de arquitectura, resultó muy gratificante lectura. Felicidades!

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