La Medicina inflexible: un preocupante informe desde el frente de la guerra contra el cáncer

 

Malcolm Gladwell

Traducción: Jorge Sánchez-Lander*

Publicado el 14-12-2015 en The New Yorker: http://www.newyorker.com/magazine/2015/12/14/tough-medicine

En el otoño de 1963, no mucho después de que Vincent T. DeVita, Jr., se uniera al  National Cancer Institute (NCI) como clínico asociado, él y su esposa fueron invitados a la fiesta de un compañero de trabajo. Al llegar, uno de los investigadores más brillantes del instituto, Emil Freireich, los presentó en medio de una inundación de Martinis. El jefe del departamento médico, Tom Frei, cruzó la habitación con una de las técnicas del laboratorio a quien arrojó por encima de sus hombros, dando patadas y con la falda por encima de su cabeza. DeVita, sorprendido, trató de esconderse en un rincón. Sin embargo, al rato, el director clínico del NCI, Nathaniel Berlín, frenéticamente le llamó con un gesto. Freireich, de casi dos metros de altura y sólido  como un trabajador ferroviario, se había desmayado en la bañera. Berlín necesitaba de su ayuda para moverlo. “Juntos, lo levantamos, colocándole los brazos por encima de nuestros hombros, lo arrastramos hacia fuera a través de la fiesta”, escribe DeVita, en sus memorias The Death of Cancer (1) (Sarah Crichton Books). “Al frente de la casa, la esposa de Friedreich, Deanie, se sentó al volante de su coche, tiramos a Freireich en el asiento trasero y cerramos la puerta”.

Hace medio siglo, el NCI era un lugar muy diferente. Era una edificación sucia y con financiamiento insuficiente, con una fracción de su tamaño actual, pero era también el hogar de un personal médico rudo y rebelde. La ortodoxia de la época creía que el cáncer era una sentencia de muerte: el tumor podría ser tratado con cirugía o radiación, con el fin de ganar algo de tiempo, la medicina solo podía hacer más fácil el inevitable deterioro del paciente, eso era todo. Sin embargo,  un grupo de insurgentes del NCI  dirigido por Frei y Freireich creían que utilizando medicamentos antineoplásicos en dosis extremadamente grandes, y en múltiples combinaciones y ciclos repetidos, el cáncer podría ser derrotado. “No estaba seguro de si estos científicos estaban locos o eran unos genios”, escribe DeVita. Pero, mientras trabajaba con Freireich, en las salas del NCI,  en la leucemia infantil, al ver los frutos de los primeros experimentos con la combinación de quimioterapia, se convirtió en un seguidor.

DeVita decidió intentar la misma estrategia en otra causa aparentemente sin ninguna esperanza: el linfoma de Hodgkin, un cáncer que se inicia como un tumor sólido en los ganglios linfáticos y de manera progresiva se extiende por todo el cuerpo. Se asoció con un compañero  llamado Jack Moxley. Una noche, bebiendo un par de cervezas, en el Au Pied de Cochon en Georgetown,  esbozaron un protocolo, basado en lo que Frei y Freireich estaban haciendo con la leucemia. Dada la capacidad de las células cancerosas para adaptarse y mutar, para enfrentar las amenazas de las drogas, se dieron cuenta que necesitaban cuatro fármacos, cada uno de ellos eficaz contra el Hodgkin por vías distintas, de modo que todas las células que hayan sobrevivido a una droga podrían ser eliminadas por la siguiente. También tenían que definir con qué frecuencia administrarían los medicamentos e indicar dosis suficientemente altas como para acabar con las células cancerosas, pero que no acabaran con el paciente. Después de varios meses, coincidieron en un régimen conocido como MOMP: tres rondas de once días de mostaza nitrogenada, Oncovin (vincristina), metotrexato y prednisona, intercalados con ciclos de descanso de diez días.

Los efectos secundarios fueron casi inmediatos,” escribe DeVita:

“El sonido de los vómitos se oía a lo largo del pasillo. Noche tras noche, Moxley y yo vigilábamos desde fuera de las habitaciones de nuestros pacientes, temerosos de lo que podría suceder. Durante las semanas que siguieron, perdieron peso y se debilitaron, mientras el recuento de plaquetas se hundió más y más a niveles peligrosos.”

Luego vino la sorpresa. Doce de los catorce pacientes en el ensayo inicial registraron una remisión y nueve permanecieron así conforme pasaban los meses. En la mayoría de los casos, los tumores desaparecieron por completo, algo que nunca antes se había visto en el tratamiento de tumores sólidos. En la primavera de 1965, DeVita fue a Filadelfia para presentar los resultados en la reunión anual de la  American Association for Cancer Research. Se puso de pie delante de la multitud y se paseó triunfalmente a través de los datos: “Nuestros pacientes estaban, por lo tanto, dije, saboreando la dramática conclusión,  en remisión completa.”

¿Qué pasó? Un ilustre experto en cáncer  llamado David Karnofsky hizo un puntilloso comentario sobre la idoneidad de usar el término remisión completa. Después de eso, nada: “Había algunas preguntas superficiales sobre la gravedad de los efectos secundarios. Pero eso fue todo.” Se había hecho historia  en el mundo del tratamiento del cáncer y nadie parecía percatarse.

Vince DeVita se desempeñó como director del NCI desde 1980 hasta 1988. Luego pasó a servir como jefe médico del Memorial Sloan Kettering Cancer Center (MSKCC), en Nueva York y posteriormente dirigió el Yale Cancer Center, en New Heaven. A lo largo del último medio siglo, ha estado en la vanguardia de la lucha contra una de las enfermedades más temidas del mundo y, con The Death of Cancer, ha logrado una crónica extraordinaria. El libro de DeVita no tiene nada en común con la magistral obra de Siddhartha Mukherjee The Emperor of All Maladies. Mukherjee escribió una biografía científica y social de la enfermedad. DeVita, como corresponde a alguien que pasó una vida al frente de varios cargos de dirección médica, ha escrito una historia institucional de la guerra contra el cáncer. Su interés se centra en cómo las diversas facciones y grupos que participaron en el esfuerzo trabajaron en conjunto, siendo sus conclusiones profundamente inquietantes.

Durante su primera experiencia como un asociado clínico en el NCI, DeVita tomó un puesto como residente en Yale. En lo que se suponía que era un hospital de clase mundial, descubrió que el nivel de atención para muchos tipos de cáncer era lamentablemente atrasado. Freireich había enseñado a DeVita el tratamiento de la meningitis por Pseudomonas en pacientes con leucemia, mediante la inyección de un antibiótico directamente en la columna vertebral a pesar de que la etiqueta del medicamento contraindicaba esa forma de administración. Freireich creía que para obtener mayor cantidad de droga más allá de la barrera hemato-encefálica, esa era la única manera. En Yale, escribe DeVita, “simplemente dejaron de hacer ese tipo de cosas. Como resultado, vi como los pacientes leucémicos morían”. Los pacientes con leucemia también a veces se complicaban con neumonía. El conocimiento convencional apoyaba que debía ser tratada con antibióticos. Pero en el NCI los investigadores habían descubierto que la enfermedad era en realidad una infección por hongos, y tuvieron que tratarla con una clase diferente de medicamento. “Cuando vi esta condición en los pacientes con leucemia y le comunique a quien  fuera el jefe de enfermedades infecciosas en la Universidad de Yale, no me creyó, incluso cuando las pruebas de laboratorio demostraban mi punto de vista,” relata DeVita. Muchos pacientes murieron. Los leucémicos que recibian quimioterapia necesitaban transfusiones de plaquetas. Pero los superiores de DeVita en Yale insistieron en que no había pruebas de que las transfusiones hicieran la diferencia, a pesar de que ya  Freireich había demostrado lo contrario. “Ergo, en Yale,” dice DeVita : “Vi pacientes sangrar hasta la muerte.”

Más tarde, cuando DeVita y su compañero del NCI el investigador George Canellos querían probar un tratamiento prometedor de quimioterapia combinada  para el cáncer de mama avanzado, tuvieron que hacer el estudio en el extranjero, debido a la negativa de cooperar de los cirujanos en  los principales centros de cáncer de los Estados Unidos, como el MSKCC  o el MD Anderson Cancer Center. Cuando el investigador del cáncer Bernard Fisher hizo un estudio que demostró que no había diferencias en los resultados entre las mastectomías radicales y las extirpaciones mucho menos invasivas, llamó a DeVita angustiado. No pudo conseguir publicar el estudio. “Los cirujanos de mama se ganaban la vida haciendo mastectomías radicales o totales, y ellos no querían escuchar que eso ya no era necesario”, escribe DeVita. “De hecho, a causa de esta resistencia, Fisher había tenido dificultades para lograr los pacientes que requería para su estudio.” Los cirujanos del MSKCC eran tan tercos que estuvieron desfigurando a sus pacientes con mastectomías radicales durante años, aun después de que los datos de Fisher  concluyeron que el procedimiento era innecesario. The Death of Cancer es un libro, en el que una de las figuras importantes en  la oncología del siglo XX descarga con indignación una vida de frustración debido a la obstinación y la parcialidad dentro de su profesión. DeVita concluye: “Hay tratamientos muy prometedores. Si se usan a su máximo potencial en todos los pacientes, creo que podríamos curar otros 100.000 pacientes adicionales al año”. Por supuesto, él no es el primero en señalar las deficiencias de la práctica clínica. Lo que distingue a The Death of Cancer,  es su propuesta sobre qué hacer al respecto.

Después de que DeVita fuese rechazado en el congreso de  la American Association for Cancer Research, él y Moxley regresaron a la mesa de dibujo. Tenían que hacer algo más que llevar a los pacientes a una remisión.

Su primer paso consistió en modificar la combinación de drogas de su protocolo, sustituyendo el  metotrexato con un compuesto más novedoso llamado procarbazina. Luego, reevaluaron el esquema del tratamiento. La quimioterapia combinada es un delicado acto de equilibrio. Los fármacos antineoplásicos suelen ser tan tóxicos que pueden darse sólo en ráfagas cortas, para que los pacientes puedan recuperar su fortaleza. No obstante, con períodos de descanso demasiado largos, el cáncer reaparecerá con mayor agresividad.  En el primer ensayo, simplemente habían seguido el esquema que Freireich utilizaba en el tratamiento de la leucemia. Sin embargo las células del linfoma de Hodgkin eran diferentes. Estas se dividen más lentamente y, puesto que las células cancerosas son más vulnerables cuando se están dividiendo,  sugirió que el esquema de tratamiento para el Hodgkin tenía que ser mucho más largo.

Así el esquema MOMP se convirtió en MOPP: dos dosis completas de mostaza nitrogenada y vincristina en el primero y el octavo día, con dosis diarias de procarbazina y prednisona durante catorce días, seguido de dos semanas de descanso. Dado que sólo un veinte por ciento de las células de Hodgkin se dividirían en el curso de ese ciclo, el régimen tendría que repetirse al menos seis veces. Un segundo ensayo se puso en marcha, y el resultado fue inequívoco: el régimen había vencido a la enfermedad.

Cuando se publicaron los nuevos resultados, en 1970, la respuesta era mejor, pero aún había una considerable resistencia. Una presentación crucial en el MSKCC fue recibida con tibios aplausos, después de lo cual uno tras otro oncólogo se levantaron para quejarse de que el MOPP no funcionaba diciendo que los datos de DeVita  debían estar equivocados.

Desconcertado, le pidió a uno de los principales oncólogos del hospital, Barney Clarkson, que le explicara exactamente cómo estaban administrando el protocolo MOPP. Clarkson respondió que él y sus colegas habían decidido cambiar la mostaza  nitrogenada, en la fórmula de DeVita, por un medicamento llamado tiotepa. Este era una droga que habían desarrollado internamente en el  MSKCC y percibió que estaban parcializados. Así MOPP era ahora TOPP. DeVita escribe:

También habían bajado la dosis de procarbazina a la mitad, porque producía náuseas. Adicionalmente  habían reducido la dosis de vincristina drásticamente debido al riesgo de daño a los nervios. También habían añadido, como mínimo, un extra de dos semanas entre ciclos, para que los pacientes se recuperaran  de los efectos tóxicos de la dosis previa antes de llegar al siguiente. Ellos no pensaban que lo que había ocurrido, al parecer, era que el tumor habría regresado por sus fueros”.

Estos cambios del esquema no se habían probado, ni habían sido formalmente comparados con la fórmula original de DeVita. Era simplemente lo que los oncólogos en el MSKCC creían que tenía más sentido. Después de una hora, DeVita había escuchado suficiente:

“En nombre de Dios ¿por qué han hecho esto?”, preguntó.

Una voz salió del fondo del auditorio. Bueno, Vince, la mayoría de nuestros pacientes vienen en el metro, y no queremos que vomiten camino a casa.”

Los médicos de uno de los hospitales de cáncer más importantes del mundo negaban a sus pacientes un tratamiento que podía salvar sus vidas, ya que su esquema les sentaba mejor. Historias como ésta son la razón por la cual DeVita cree que un centenar de miles de pacientes con cáncer en los Estados Unidos mueren innecesariamente cada año. Las mejores innovaciones son a veces lentas para lograr abrirse paso en la práctica médica diaria. Es por esto que el empuje sostenido, de los últimos años, ha derivado en esquemas de tratamientos estandarizados. Si los médicos no están siguiendo las “mejores prácticas clínicas”, parece lógico que debemos escribir una guía para  describir lo que son las mejores prácticas y comprometerlos a seguirla.

Pero aquí  The Death of Cancer toma un giro inesperado. DeVita no cree que su experiencia con los médicos obstinados en el MSKCC o en Yale justificaría una mayor estandarización. Él no se fía de demasiados guiones y pautas. En su opinión, lo que hizo posible el extraordinario progreso contra el cáncer en el NCI durante la década de los años sesenta y setenta, fue la ausencia de reglas. Un buen ejemplo fue la decisión de Freireich para el tratamiento de la meningitis por Pseudomonas mediante la inyección de un antibiótico directamente en el líquido cefalorraquídeo. DeVita escribe:

“La primera vez Freireich me dijo que lo hiciera, levanté el frasco y le mostré la etiqueta, pensando que posiblemente se había perdido de algo. Dice claramente aquí: No utilizar por vía intratecal”, le dije. Freireich me fulminó con la mirada y señalando mi cara con su largo y huesudo  dedo, me rugío: ‘Hazlo’. Aunque estaba aterrado lo hice. Esto funcionó cada vez”.

Los progresos clínicos contra una enfermedad tan astuta y vagamanente comprendida como el cáncer, argumenta DeVita, ocurren cuando los médicos tienen la libertad para probar cosas poco ortodoxas y le preocupa que se haya perdido de vista ese hecho. A modo de ejemplo,  cuenta la historia de un amigo suyo, Lee, que fue diagnosticado con cáncer de próstata avanzado a la edad de sesenta años. De acuerdo con las guías de práctica, la mejor opción para Lee fue la terapia de privación de andrógenos (ADT), lo que ralentiza las células cancerosas al negarles la testosterona. Eso fue lo que el médico de Lee recomendó. DeVita explica por qué: hay fuertes incentivos para que los médicos se adhieran a los protocolos de tratamiento, entre ellos la amenaza de demandas por negligencia. Pero DeVita consideró que el cáncer de Lee era tan agresivo que la ADT solo le brindaría  un corto respiro. Las directrices limitaban las opciones de tratamiento de Lee en un momento en que necesitaba la máxima flexibilidad.

“Con los años, hemos ganado más herramientas para tratar el cáncer, pero la vieja capacidad de ser flexible y adaptarse ha desaparecido,” DeVita continua:

“Las guías están enfocadas en el pasado.  Con el cáncer, las cosas cambian demasiado rápidamente para que los médicos tengan que depender de viejas directrices por mucho tiempo. Estas guías deben ser actualizadas con frecuencia, pero raramente se hace, sencillamente porque esto lleva tiempo y dinero. . . . La adopción de esas normas inhibe a los médicos de intentar algo nuevo.”

La primera idea de DeVita era lograr que Lee fuese incluido  en un ensayo pionero en la Mayo Clinic, donde los cirujanos estaban extirpando la próstata junto con todos los ganglios linfáticos circundantes. El quince por ciento de los pacientes que se sometieron al procedimiento sobrevivieron libres de la enfermedad. Sin embargo, los médicos de la clínica no operarían a Lee. Su cáncer estaba muy avanzado. Entonces DeVita encontró a alguien que lo haría. “Puedo ser muy persuasivo”, afirma. Posteriormente, pudo incluir a Lee en una prueba experimental de drogas para el cáncer de próstata reservado para pacientes con recaída, para descubrir que el protocolo de tratamiento terminaría después de un número fijo de dosis. DeVita pensaba que Lee necesitaba un curso mucho más prologado de terapia. Lee buscó una exención de las reglas del estudio, que requería del criterio de la junta de revisión institucional del hospital. El investigador principal se negó a acceder a dicha petición. DeVita estaba devastado, aunque poco sorprendido. El sistema estaba construido para ser inflexible.

La lucha de DeVita para mantener con vida a su amigo se mantuvo por años. Él continuó improvisando, moviendo sus contactos,  en un ensayo experimental tras otro. Por último, con Lee al final de sus días, DeVita escucha de un fármaco experimental llamado abiraterona. Pero no pudo conseguir que Lee ingresara en el ensayo: el protocolo del estudio lo prohibía expresamente. DeVita trató de encontrar resquicios alrededor de las normas, pero no lo consiguió. Descorazonado se entera, poco después de que Lee finalmente sucumbiera a la enfermedad, que la abiraterona había demostrado tal eficacia contra el cáncer de próstata avanzado, que el ensayo se detuvo a mitad de curso y los pacientes en el grupo de control fueron autorizados a recibir la nueva droga. “Te podría haber contado una historia con un final feliz”, escribe DeVita, refiriéndose a que estaba seguro de que la muerte de su amigo había sido prematura. “En su lugar, escogí contarte otra historia que podría haber tenido un final feliz, pues ilustra lo que ha sido, para mí, una fuente de frustración perenne: hoy, no estamos limitados por la ciencia; estamos limitados por nuestra capacidad para hacer un buen uso de la información y los tratamientos que ya tenemos.”

Aquí tenemos una paradoja. Los avances realizados en el NCI en la década de los años sesenta y setenta fueron el producto de un clima intelectual en rueda libre. Pero ese mismo clima de rueda libre fue lo que hizo posible que los médicos obstinados en el MSKCC confeccionaran un esquema ineficaz. Las mismas condiciones sociales que dieron a luz una nueva idea en un lugar, impidieron la propagación de esa misma idea en otro. Las personas que insisten en una mayor innovación en el mercado a menudo suponen ingenuamente que lo que es bueno para el innovador es también, literalmente, bueno para la difusión de sus ideas. A quienes se preocupan por la difusión de estas ideas, a menudo se posicionan como partidarios de la innovación, como si un sistema que promueve la difusión de las buenas ideas necesariamente hace que sea más fácil que surjan estas ideas. El planteamiento de The Death of Cancer es, por el contrario, que la innovación y la difusión pueden estar algunas veces en conflicto.

La existencia de guías de práctica habría facilitado la tarea de curar a los pacientes con linfoma de Hodgkin con el régimen de DeVita, no obstante, esas mismas guías, de haber estado en vigor a mediados de los años sesenta, cuando DeVita estaba haciendo las giras en representación de su nuevo tratamiento, habrían sido un obstáculo para otros innovadores. De manera similar, los tropiezos que encontró en el intento de salvar a su amigo Lee, no eran caprichosos o arbitrarios. Estaban allí para asegurar que los resultados de los ensayos clínicos fueran lo más claros y convincentes posible. Es sólo que para DeVita el costo que se había pagado, con la muerte de Lee, había sido demasiado alto.

El capítulo más agrio en “The Death of Cancer” está dedicado a la Food and Drugs Administration (FDA).  DeVita cree que esa agencia no ha entendido fundamentalmente el equilibrio entre la difusión y la innovación. La FDA quiere que todos los nuevos fármacos demuestren que son seguros y eficaces, tan buenos o mejores que las terapias existentes (o un placebo) en un experimento aleatorio y con el mayor número posible de pacientes. Por ejemplo, la FDA podría exigir que los pacientes que reciban un tratamiento experimental tengan mejores tasas de supervivencia, a largo plazo, que los que recibieron tratamientos con fármacos que ya están en uso. La FDA es el guardián de la difusión de los resultados del país: su principal objetivo es asegurarse de que los buenos fármacos consigan una estrella de oro y que las malas drogas nunca lleguen al mercado.

DeVita nos recuerda, sin embargo, que esto puede obstaculizar el progreso en cierta forma. Un tumor dado, por ejemplo, rara vez puede ser detenido con un solo fármaco. El cáncer es como una puerta con tres cerraduras, cada una de las cuales requiere una llave diferente. Suponga que se le ocurre una droga que sin problemas abre la primera de estas tres cerraduras. Esa droga sería un gran avance. Pero no puede curar nada por su propia cuenta. Entonces, ¿cómo lo consigue a través de un proceso que requiere la prueba de la eficacia, especialmente si usted todavía no sabe cuáles son las llaves correctas para las dos cerraduras restantes? Dado que el cáncer se presenta en una vertiginosa variedad de tipos y subtipos, cada uno con su propio perfil molecular, queremos que los investigadores tengan la libertad de experimentar con diferentes combinaciones de llaves. En cambio, argumenta DeVita, la FDA ha pasado los últimos dos decenios empujando la medicina del cáncer en la dirección opuesta. Él continua:

“Los fármacos que actualmente son aprobados no se hacen para un cáncer específico o para uso general en una variedad de tumores, sino para un estadio específico de un cáncer específico y solo  únicamente después de que los pacientes han recibido todos los tratamientos actuales, uno por uno y que hayan fracasado. Los médicos se arriesgan a que FDA los censure si utilizan un fármaco aprobado en cualquier otra circunstancia, mientras los pacientes son penalizados por las compañías de seguros al no pagar por los tratamientos que no estén aprobados por la FDA.

La percepción fundamental, lograda mediante el uso de un fármaco aprobado de forma diferente para un tumor diferente, se ha perdido.”

Hay un segundo problema con el requisito de “eficacia”. Supongamos que el medicamento A, que es el tratamiento existente para un determinado tipo de cáncer, elimina todas menos mil millones de células en el tumor del paciente típico. El fármaco B, su alternativa, elimina todas las células menos un puñado de ellas. DeVita señala dos hechos curiosos. En primer lugar, un tumor típico tiene tantos miles de millones de células que incluso una droga que deja un billón de células intactas, tras un primer ciclo de tratamiento,  se verá bien. Más importante aún, después de cinco años, los pacientes tratados con ambos fármacos, A y B, pueden tener tasas de supervivencia idénticas. Esto se debe a algo que se llama el efecto de Norton-Simon: las poblaciones más pequeñas de las células cancerosas vuelven a crecer más rápido que las poblaciones más grandes. Pero, en realidad, las drogas A y B no son idénticas. Si está diseñando una combinación de medicamentos para curar un cáncer, DeVita escribe, “el tratamiento que reduce la población a unas pocas células es con el que deseará seguir adelante”. ¿Cuántos  investigadores y laboratorios con terapias prometedoras, ya no quieren invertir varios cientos de millones de dólares en un ensayo clínico, sólo para evitar caer por debajo de la alta barra  de la FDA?

Para DeVita, la FDA tendría que dar un paso a un lado y dejar de preocuparse exclusivamente de las normas y la seguridad, y acercarse más al proceso de innovación. En este sentido, su posición coincide con la de Peter Huber, quien en su libro, The Cure in The Code,  publicado en 2013, pidió a la FDA detener la evaluación de medicamentos como terapias y comenzar a evaluarlos como herramientas tales como “bisturís moleculares, grapas, suturas o vendajes, para ser tomados de la estantería y usarlos con prudencia, pero con flexibilidad a nivel molecular”.

Lo que los críticos como DeVita desean, en otras palabras, es una vuelta al mundo del NCI de Freireich, donde los médicos tenían la libertad para retocar e improvisar, y el relato de DeVita de cómo eran las cosas nos da una idea de cómo podrá resultar el futuro. La discreción significa más MOPPS, pero también, inevitablemente, significa más TOPPS. La discreción es ver a Freireich, el gran genio, gruñiendo “Házlo”. Pero de igual manera, Barney Clarkson gruñó, “Házlo”,  cuando algún joven clínico, poniendo en duda su sabiduría, sustituyó mostaza nitrogenada por tiotepa.  La medicina moderna tiene la intención de hacer frente a esta “variabilidad en la práctica”, llevando los malos médicos hasta el nivel de los buenos. Volver a los días del viejo NCI, hará que el problema empeore, en lugar de mejorar. Si cree que hay más Freireichs que Barney Clarksons por ahí, valdría la pena hacer el trueque. Sin embargo, DeVita no reconoce lo difícil que podría llegar a ser el cambio.

Cuando DeVita se enfrentó a sus opositores en el MSKCC, que se preocupaban por que los pacientes con linfoma de Hodgkin, no vomitaran en el metro en su camino a casa, les preguntó de manera cortante, “Cuando usted le dijo a los pacientes que la elección estaba entre ser curado y los vómitos, o no vomitar y morir, ¿No pensó en la posibilidad de que hayan podido tomar un taxi?” Esta es la forma en que la difusión se produce en un mundo sin un guardián de difusión. Pero, ¿cuántos médicos son capaces de ese tipo de combate cuerpo a cuerpo? Vivir en el lado de la innovación es volátil, rebelde y personal, mucho menos que estar en un elegante cóctel, que se rige  mansamente por decretos burocráticos, y no por una borrachera escandalosa donde tu jefe se desmaya en una bañera. Cuando DeVita regresó al MSKCC, años más tarde, como médico en jefe, el hospital había mejorado. DeVita no permaneció por mucho tiempo, lo cual no sorprendería a quien haya leído su libro.  “El problema con Vince”, habría dicho el director del hospital, al anunciar su partida, “es que él quiere curar el cáncer.”

*Cirujano oncólogo, especialista en Ginecología Oncológica y Mastología. Instituto de Oncología Luis Razetti y Clínica Santa Sofía, Caracas, Venezuela.

Bibliografía

  1. DeVita, Vincent y cols> The Death of Cancer. http://www.amazon.com/Death-Cancer-Pioneering-Oncologist-Winnable–/dp/0374135606/ref=sr_1_1?ie=UTF8&qid=1457271906&sr=8-1&keywords=The+death+of+cancer
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