Glenn Gould: la renuncia al aplauso

Jorge Sánchez-Lander

Me alegro de que lo haya hecho –dijo el presidente-, aunque la verdad es que no me molesta para nada estar solo.

-No es justo.

-¿Por qué? –preguntó el presidente con sinceridad-. La mayor victoria de mi vida ha sido lograr que me olviden.

Gabriel García Márquez.  Buen viaje, señor presidente, en Doce cuentos peregrinos (1992).

English version:  Glenn Gould: the resignation to the applause

Los cirujanos siempre hemos tenido un especial respeto por quienes ejercen un trabajo manual.  En cierta forma los sentimos como cercanos colegas. Podemos observar muchas conexiones con el trabajo quirúrgico, en el orden y precisión que lleva un barbero al afeitar a un adormilado cliente o en la parsimoniosa mecánica de una costurera inclinada sobre la pieza en la que labora. En una ocasión pude apreciar la destreza y concentración de Roberto, un hábil e inteligente cerrajero, quien se disponía a cambiar la combinación de una compleja cerradura italiana que le había llevado. Me permitió generosamente entrar en el cubículo dónde realizaba sus trabajos más exigentes. Después de observar su magnífica pericia y de servirle como cirujano ayudante en algunos pasos, finalmente el mecanismo obedecía a la nueva llave de seguridad de manera exacta y fluida. Roberto me dijo que solo escondiéndose en su cubículo podía lograr los mejores resultados.

De la misma forma, cuando el genio canadiense del piano Glenn Gould desapareció de los escenarios  repetía una de sus más precoces aficiones: la de esconderse. Desde niño, al igual que otros grandes genios como Erick Satie, había descubierto un enorme disfrute en hacerse impalpable. La prensa de entonces lo trató como un nuevo caso de enfermizo enclaustramiento voluntario,  uno de los ingredientes de las grandes leyendas del espectáculo. Gould no desapareció   por una razón tan egocéntrica como la de ser echado de menos.  Se encerró  a trabajar, una y otra vez,  sobre  la música que le apasionaba: Scarlatti, Beethoven, Schönberg, entre otros. Pero es específicamente con la obra de Johann Sebastian Bach dónde está el núcleo de su trabajo. Gracias a la estrecha conexión que logró, se podría llegar a pensar que Bach escribió sus piezas para clavecín para que Gould las tocara algún día. La icónica interpretación de las Variaciones Goldberg  (BWV 988) de 1955, perfectamente conservada por la colección Sony Classical o el Concierto número 1 para piano y orquesta en Re menor (BWV1052) bajo la dirección de Leonard Bernstein, grabado en 1957, son simplemente definitivas. La precisión matemática sobre el teclado, el tempo y el fraseo que parecen surgir  de una rueda de inercia con movimiento perpetuo hacen de Gould uno de los más grandes pianistas de la historia.

Ahora, ¿qué lo hace alejarse de los escenarios? Su fama de excéntrico ha sido uno de los argumentos  que corrientemente se han manejado. Para algunos la verdadera  razón  fue un genuino acto de protesta, un repentino rechazo  a tocar ante grandes auditorios bajo el formato de gran concierto, lo que le resultaba incompatible con su idea de entregar plenamente su trabajo al público. En cierta forma se plantea de una manera simple que Gould pretendía principalmente estar consigo mismo, esconderse como cuando era un niño, mantener un contacto más inmediato con su audiencia y no en una sala con dos mil asientos.  Algo definitivamente contrario a los intereses de la incipiente industria del show business. Sobre esto Juan Pablo Ábalo escribe en su artículo Los escondites de Glenn Gould, y citando una de las entrevistas que ofreció el pianista, lo siguiente:

Gould plantea al concierto público como una institución moribunda, una instancia anacrónica en la que la vanidad de los intérpretes –actitud para Gould característica del concierto público como exhibición y competencia– sólo podía distanciar al auditor de la obra e interferir malamente en la relación que ambos establecen, además de considerar a las salas de concierto como espacios que contrariaban totalmente los propósitos de obras compuestas en principio para lugares pequeños, como las del repertorio renacentista, barroco e incluso las del período clásico. Antes que un capricho o una comodidad, para Gould la creencia en el estudio de grabación como el lugar más auténtico para la producción musical en todas sus posibilidades era una cuestión ética.

En 1964, a los 32 años de edad y en medio de su etapa de mayor prestigio, se retiraría definitivamente de los grandes escenarios. A partir de esa fecha se dedicaría exclusivamente a tocar en estudios de grabación. Esta etapa se caracterizó por una fructífera producción discográfica que ha permitido conservar su legado. De hecho si en algún momento alguien de otro planeta encuentra al Voyager 1, la sonda espacial que tiene casi cuatro décadas viajando al corazón de la Vía Láctea, podrá disfrutar entre otros obsequios de nuestra Tierra, una copia del Preludio y Fuga Número 1 en Do mayor (BWV 846) del libro 2 de El clave bien temperado de Bach interpretado por Glenn Gould.

En Gloria Solitaria un imperdible artículo de Enrique Vilas-Matas publicado en 2005 en El País de Madrid,  escribe refiriéndose a Gould y otros genios solitarios,  lo siguiente: El genio personal que hay en todo niño se esconde por el placer del acto mismo de esconderse, del mismo modo que el autor de una verdadera obra literaria escribe esa obra por el puro placer de escribirla y todo lo demás -el reconocimiento, la gloria, etcétera- le parece inmensamente superficial, accesorio y encima contrario a sus propios intereses y a los de la libertad de su duende personal.

 Gould fue un genio también en hacerse invisible para que la música que interpretó, y que no le pertenecía, fluyera sublime y libremente desde sus manos hasta nosotros. Optó por tocar en el hermetismo monacal de un estudio de grabación renunciando al placentero aplauso, alimento preciado de los grandes virtuosos y de los grandes narcisistas.  Como comenta Ábalo, al referirse a un artículo que el mismo Gould escribió, que se  titula Gould entrevista a Glenn Gould sobre Glenn Gould, expone a viva voz uno de los problemas fundamentales por los que rechazó –para siempre– el concierto público: la intervención del ego. Esta entrevista imaginaria es una inteligente sátira en la que nos expresa la razón más importante por la cual abandonó el glamoroso mundo de los grandes conciertos. De forma precoz, a pesar de su intensa y errática personalidad, entendió que era la única forma de dominar su brutal ego. A cambio la partitura le exigió que se hiciera invisible, que solo la música quedara registrada en la piel del acetato o en la cinta con absoluta fidelidad y esplendor, como lo único, como lo esencial.

*Servicio de Ginecología Oncológica, Institito de Oncología Luis Razetti y Clínica Santa Sofía, Caracas, Venezuela.

 Washington, 30 de agosto de 2015

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