Lo que no aprendimos en la Facultad de Medicina

Jorge Sánchez-Lander*

Ser mortal

“En cualquier arte y en cualquier ciencia no debe ignorarse el ritmo”

Miyamoto Musashi, El libro de los cinco anillos, 1643.

 english version: What we did not learn in the School of Medicine

Aprendí muchísimas cosas en la Facultad de Medicina, pero entre ellas no figuraba la mortalidad. Con esta mordaz frase comienza el libro Ser Mortal1, la más reciente obra de Atul Gawande, la cual recibí como obsequio para leer en vacaciones y terminé enganchándome inmediatamente en su lectura. Gawande, cirujano oncólogo especialista en cirugía endocrina del Brigham and Women’s Hospital de Boston y profesor de la Universidad de Harvard se ha convertido, gracias a sus publicaciones en uno de los más influyentes pensadores médicos de occidente. Célebre autor de títulos premiados como Complications: A Surgeon’s Notes on an Imperfect Science2, Better: A Surgeon’s Notes on Performance3 y del Efecto Checklist4, es además uno de los líderes del programa Safe Surgery, Saves Lifes, auspiciado por la Organización Mundial de la Salud con el cual se ha logrado disminuir a la mitad la tasa de mortalidad asociada a errores en los quirófanos de muchos centros a nivel global. Es un activo articulista de la revista The New Yorker en temas de salud.

En esta oportunidad ha decidido abordar uno de los temas más complejos de la medicina: el final de la vida. Propone como uno de los grandes errores de la medicina occidental la sistemática ignorancia que rodea a la simple idea de mortalidad. Desde finales de la década de 1940 los hospitales dejaron de ser los lúgubres establecimientos donde la gente iba a recibir los últimos cuidados, donde la idea de la muerte era en cierta forma “más natural”. Describe cómo por ejemplo ante un infarto de miocardio había muy poco que hacer, salvo ofrecer una abnegada atención, principalmente de las enfermeras. Estos hospitales han dado paso, en el primer mundo, a centros de alta tecnología, repletos de especialistas y equipos de gran nivel, donde la lucha contra la muerte es frontal y sin pausa. Esa medicina orgullosa, y muchas veces arrogante, de sus logros está empeñada en mantenernos con vida por muchos años, a toda costa. Una medicina que ha mutado de una ciencia más a un gran poder que devora miles de millones de dólares al año, empleando a millones de personas y que produce, a la industria farmacológica y de biotecnología, enormes ingresos por su trabajo. Las medidas preventivas, el diagnóstico precoz y el tratamiento oportuno han permitido casi duplicar en cinco décadas la expectativa de vida de un granjero del centro de los Estados Unidos o de un pescador de la costa finlandesa, y en menor proporción en otras latitudes. Pero la apuesta es una lucha no solo contra la enfermedad, sino contra los estragos que el tiempo va generando en nuestras vidas. Nos negamos a envejecer por muchas razones válidas, pero principalmente porque sabemos que es el preludio, por largo que pueda ser, del final.

Encontré un libro preciso, eminentemente valiente y con pasajes muy emotivos. Devela claramente como esa medicina omnipotente, casi invencible ha sido incapaz de afrontar y de enseñar a sus nuevas generaciones algo que parece obvio, de que la muerte es finalmente inevitable, que en la mayoría de los casos no constituye una derrota para nadie, sino que es el sencillo final que espera a todo ser vivo. Para Gawande, con la pragmática visión de un cirujano,  después de casi quince años dentro de una Facultad de Medicina, la mayoría de los médicos no estamos preparados para afrontar los hechos que preceden el final de una vida. Hemos aprendido y enseñado a su vez, a suturar, reparar, anastomosar y a derivar pero  no nos han enseñado a atender los aspectos más sencillos y básicos de una existencia que poco a poco se extingue. Pensamos más en invadir con nuestros avanzados catéteres y en imponer limitaciones dietéticas a nuestros pacientes. Es más fácil indicar un reposo prolongado sin pararnos a pensar en la velocidad con la que pierden irremediablemente masa muscular que los llevará a las temidas caídas, el   “heraldo” de muchas complicaciones. Muchos somos incapaces de recomendar fisioterapia a un viejo como si de una máquina descompuesta se tratara. Podemos y debemos mantenerlos vivos, pero ¿necesariamente inmóviles?

Hace pocos años Umberto Veronesi, cirujano oncólogo milanés y ampliamente  reconocido por su investigación en cáncer de mama, escribió en 2011 el libro Il diritto di non soffrire5, (El derecho a no sufrir)  lo que constituye su manifiesto bioético sobre la eutanasia. Si bien es un tema que genera aún muchísimas controversias, en su texto pude encontrar aspectos coincidentes con la propuesta de Gawande, la total incapacidad de la medicina moderna para abordar de forma digna y humana la vejez y la enfermedad terminal. Incapacidad que muchas veces desconocemos de manera rotunda.  Para ambos autores los cirujanos, internistas, oncólogos y demás especialistas, nos convertimos en ocasiones en los principales obstáculos del esfuerzo de quienes están entrenados para atender ese momento. Para quienes entran en escena al final para ayudar a contener o paliar la pérdida de destrezas físicas y cognitivas, quienes se dedicarán a aliviar y a acompañar. En esa visión arrolladora de la medicina curativa hay un atisbo de egolatría y falsa heroicidad, que la mayoría de las veces nadie nos ha pedido. Una vez entendamos que esa actitud es producto de la profunda ignorancia que tenemos sobre el tema hemos dado el primer paso, al menos,  para dejar que otros hagan su trabajo.

Un libro escrito para todos, pero especialmente como un balance para  quienes nos incluimos en el grupo de los irreductibles entusiastas de la vida, desde el lado humano del terapeuta y de quien sufre. No es en ningún caso una simplona oda al magnífico trabajo de especialistas en medicina paliativa, geriatras, enfermeros y cuidadores en detrimento de los innegables esfuerzos de la medicina curativa,  ni una renuncia al objetivo más sagrado de nuestra ciencia: el de defender la vida, es una profunda e interesante reflexión sobre la dignidad de nuestros pacientes y  sobre nuestra propia finitud.

*Cirujano Oncólogo, especialista en Ginecología Oncológica y Mastología. Instituto de Oncología Luis Razetti y Clínica Santa Sofía. Caracas, Venezuela.

Referencias

  1. Gawande Atul. Ser mortal: La medicina y lo que importa al final. Galaxia Gutenberg, Barcelona 2014.
  2. Gawande Atul. Complications: A Surgeon’s Notes on an Imperfect Science. Ed. Picador, New York 202.
  3. Gawande, Atul. Better: A Surgeon’s Notes on an Imperfect Science. Metropolitan Books, New York 2007.
  4. Gawande, Atul. El efecto Checklist. Colección Conjeturas, Barcelona 2011.
  5. Veronesi Umberto. Il diritto di non soffrire. Arnaldo Mondadori Editore, Milano 2011.
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2 comentarios sobre “Lo que no aprendimos en la Facultad de Medicina

  1. Don Jorge, de nuevo un articulo excelente….Te felicito. Pero la realidad es que no nos acostumbramos a la muerte, y luchamos para que no llegue el final pero la verdad es que hay que pensar también en el sufrimiento del entorno familiar y darle buena calidad de vida al paciente en sus últimos momentos. Anexo titulo de otra gran obra que ya te mencione “Los pacientes” de Jurgen Thorwald

    1. Apreciado Dr. Salazar gracias por su constante apoyo a Intervalolibre. Si, es un tema que genera, especialmente en nuestro Caribe, un cierto apremio. Abordar el final con cabeza fría no parece ser algo de estas latitudes, pero se debe ir avanzando en dicho cambio. Reciba un afectuoso abrazo.

      Jorge Sánchez Lander

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