Viendo a Reverón con los ojos entrecerrados

Juan Ignacio Cortiñas Sardi*

reveron

English version: Watching Reverón with narrowed eyes

 

” ¡ Tú no sabes las vainas que hay que hacer para vender dos cuadritos chico !

Dime la verdad Oscar: ¿ Tú viniste a Macuto buscando al loco? ”

Armando Reverón a Oscar Yánes en Reverón, La Película.

 

El día que comencé a hacer la pasantía en la Galería de Arte Nacional caía un potente aguacero sobre Caracas. Era lunes, así que el museo estaba completamente cerrado al público y tuve que entrar por una de las puertas laterales del edificio neoclásico color crema diseñado por Carlos Raúl Villanueva 80 años atrás, cuando el país parecía ser una promesa. Me habían contratado para asistir a la jefe de prensa durante la exposición iconográfica y monumental de Armando Reverón, organizada para celebrar los 100 años de su nacimiento. Recién cumplía 20 años, estudiaba Comunicación y era lo suficientemente idealista –y tonto- como para aceptar trabajar gratis para el gobierno durante seis meses.

Después de conversar un rato sobre las actividades que ejercería allí durante el tiempo que estaría prestando servicios, mi jefe me conminó a dar una vuelta por las 11 salas del museo. “Así te vas familiarizando con los espacios y, de paso, le echas un vistazo a las obras”.

Disponer de toda una pinacoteca para ti es una experiencia destinada solamente a grandes personalidades y rockstars con ínfulas de intelectuales. Pero en Venezuela esas formalidades no han solido correr con buena suerte. Algunas salas no estaban listas aún –la exposición abriría el domingo siguiente-, y la visión de grandes lienzos posados en el suelo sobre tacos de gomaespuma, a la espera de ser montados, difuminaba aún más la solemnidad de estos espacios verticales, iluminados ahora por la tenue claridad que permitía la lluvia.

Conocí a Reverón a través de varios libros de arte venezolano, y había visto alguna que otra obra colgada de las entonces escuetas paredes de la Galería. Pero nunca había estado frente a tantas creaciones juntas, ni había tenido la oportunidad de observarlas tan de cerca. Era como darse un merecido banquete. Al poco tiempo uno de los encargados de la museografía me vio caminando sin rumbo, absorto entre tantos lienzos, entre tanta luz, y se acercó para presentarse y darme un pequeño consejo que casi sonaba a broma:

­–A Reverón hay que verlo con si estuvieses en la playa.

–¿Cómo así?

–Con los ojos entrecerrados. Para que puedas percibir los detalles.

Y se fue con otros compañeros a cargar una de las majas para ponerla en su sitio mientras yo decidí seguir sus indicaciones y comencé a arrugar los párpados.

cruz de mayoNo recuerdo el tiempo que duró esta primera visita a las salas (de las varias que hice durante esos seis meses), pero sí el impacto que me causó comprender la intencionalidad de toda esa luz desbocada en buena parte de las obras que estaban allí reunidas. Descubrí algunas que no conocía, y comprobé la reiteración de otras. Degusté aquellas que plasman los festejos de mayo, el litoral desde el punto de vista que dan las pequeñas lomas de Macuto o de Las Quince Letras; esas palmeras inanes, monocromas, acompañadas solo por los uveros de playa que tanto se dan por ahí; las majas desnudas y vestidas, y al lado las muñecas que sirvieron de modelos. O sonreír ante la imagen del artista, observar su traje y su pumpá, los artilugios de su vida diaria. Su demencia. Tratar de imaginarme qué estaría pasando por su cabeza al momento de deslizar el pincel por la tela con esos trazos gruesos, casi distraídos, que eran como rayos de sol.

No fueron necesarios más de tres centenares de pasos para hacer un tránsito completo desde sus primeras obras de marcado modo académico, pasando por las atmósferas reservadas del periodo azul (cargadas de elementos goyescos) hasta las imágenes empapadas de simbolismo de su periodo sepia, cuando ya la luz lo abarcaba todo.

La inauguración de la muestra Armando Reverón, Exposición Iconográfica y Monumental (1989) en el centenario de su nacimiento, a pocos días de haber empezado a trabajar en la GAN, fue un suceso fenomenal para Caracas, que en esas semanas aún estaba atragantada por el mal trago del 27F. Aunque no era la primera vez que el artista tenía una retrospectiva de importancia en la capital, como la que le hizo el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas años antes, sí era la más compleja y ambiciosa. No sólo reunía obras de todos sus periodos, sino también añadía piezas del ahora extinto Castillete, las muñecas y otros objetos de ese particular mundo que Reverón construyó para su disfrute y defensa contra la realidad que estaba tras las puertas del castillete. Era la primera vez, también, que algunos coleccionistas privados vencían sus temores y aprobaban el traslado temporal de sus tesoros para ser admirados por las cientos de miles de personas que transitaron por esos pasillos durante meses.

Pero es que esta muestra fue, además, un punto de quiebre para la Galería. Después de haber transitado varios años de opacidad y exposiciones carentes de imaginación, ahora resurgía con nuevos bríos y una museografía más dinámica. El hilo discursivo era claro y el museo dejaba de ser un lugar aburrido para convertirse en una experiencia digna de apreciar.

No son muchos más los recuerdos que guardo de esa experiencia con Reverón en la Galería de Arte Nacional. Pero sí tengo fresca, todavía, la sensación que me produjo caminar por primera vez por esas salas vacías y observar sin prisas los paisajes, los retratos, los rasgos y las tachaduras de su técnica. El vigor de su propuesta artística y la genialidad envuelta en su temprana locura, pero, sobre todo, lo que me sigue emocionando de Reverón es la potencia con que la luz irradia en sus lienzos.

Aunque afuera estuviese cayendo un palo de agua endemoniado.

*Periodista, melómano y bloguero venezolano en Ámsterdam, Paises Bajos. Director de http://www.akangana.com/

 

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Un comentario sobre “Viendo a Reverón con los ojos entrecerrados

  1. Constituye este articulo una innovación realmente satisfactoria , agradable ya que los médicos no solemos hablar si no de medicina, ésto nos refresca la mente y nos saca de ese mundo tan duro y cruel en que normalmente vivimos, absorbiendo el dolor de nuestros pacientes

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