La imagen del médico ante la opinión pública

Alberto Salinas Karpel*

 

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El hombre de Neanderthal hace cien mil años tenía una vida promedio de 25 años. Al cierre del siglo XIX la expectativa de vida de la humanidad era de 50 años y en la actualidad se aproxima a los 75 años. Hemos añadido tan solo en el siglo XX, lo logrado en cien milenios. Este fenómeno, aunque debido a múltiples causas, está incuestionablemente relacionado con la capacidad médica para prevenir y curar enfermedades.

Un bacteriólogo inglés en 1928, Alexander Fleming, comenzó esta era con el descubrimiento accidental de la Penicilina que revolucionaría el tratamiento de las infecciones. La doble-hélix de la estructura del ADN de Watson y Crick en 1950 sentó las bases para el desarrollo de la inmunología y la genética. Las vacunas de Jonas Salk y luego Albert Sabin dieron fin al horror de la Poliomielitis por esos mismos años y las inmunizaciones preventivas de virus atenuados, acabaron con enfermedades transmisibles como la Viruela erradicándola de la faz de la Tierra. A partir de esa misma década, la cirugía cardiovascular, los trasplantes de órganos, la alimentación endovenosa, la hemodiálisis, la cirugía fetal y microcirugía, operaciones videoendoscópicas y robóticas, los diagnósticos por imágenes, así como modernas pruebas de laboratorio y la aparición de drogas inmunosupresoras y antineoplásicas, han permitido en su conjunto la mejoría del pronóstico de muchas afecciones.

A principios del siglo pasado, una neumonía o una peritonitis colocaban al médico en el difícil trance de únicamente acompañar al sufriente a bien morir y a pesar de todo, era contemplado como el sanador, portador de salud y fortuna, considerado como un profesional digno de respeto. Paradójicamente, la imagen del médico avanza en proporción inversa a los adelantos del arte y la ciencia de curar. El desarrollo de la tecnología requiere que invierta constantemente en equipos en perpetua actualización, comunicado con el exterior, leyendo costoso material bibliográfico y asistiendo a simposios imprescindibles para mantenerse al día, sin mencionar sus compromisos económicos, familiares, vivienda, educación para sus hijos, etc. Sin embargo lucen mercantilistas, cobrando más de lo debido, atribuyéndoles, por corazón, una jugosa cuenta de banco.

La realidad es otra. El 90% de la población médica, como parte de la clase media venezolana, está golpeada por la situación económica actual. Los salarios de hambre de algunos de estos profesionales, los obligan en ocasiones a incursionar en la economía informal o buscar otros horizontes contribuyendo con el desangre de recursos humanos de nuestro país luego de haber invertido ingentes sumas en su formación. La mayoría de nuestros jóvenes, conscientes de esta situación, obviamente estudian medicina por razones altruistas. Pero basta que ocurra un percance en el que parezca haber un maltrato o error humano para que se convierta en materia de escarnio público, que el médico sea carne y sustancia de algún programa televisivo o de la prensa amarillista que apelan a los más primitivos instintos. Allí se simplifica todo. “Si sana, el Santo lo curó y si muere, el médico lo mató”. ¿Por qué usar términos del hampa común para calificar despiadadamente a un profesional que intenta salvar una vida en un hospital público o privado? Acaso, ¿la inhabilidad para actuar perfectamente en una emergencia merece el castigo de la degradación pública y judicial? ¿Somos Dioses todos o humanos todos?

Esculapio, Padre de la Medicina, aconsejaba a su hijo antes de enviarlo a la guerra de Troya, “te verás solo en tus tristezas, solo en tus estudios, solo en medio del egoísmo humano. Ni siquiera encontrarás apoyo entre los médicos, que se hacen sorda guerra por interés o por orgullo. Si ansías conocer al hombre, penetrar todo lo trágico de su destino, ¡hazte médico, hijo mío!”

Producto de la imagen deteriorada, sumada a la sensible irritabilidad social de años recientes, la cantidad de demandas por la mala práctica médica que cursan en los tribunales civiles y penales alcanza niveles preocupantes. El código penal tipifica explícitamente como delito, la negligencia o abandono, la imprudencia y la impericia, que son culposos, no intencionales y que recientemente en algunos casos les han dado el carácter de dolo o intención eventual que pueden imponer penas de cárcel hasta por 10 a 15 años.

No penaliza errores de criterio o de poca formación profesional que en última instancia, son culpa del Estado demagógico que masifica indiscriminadamente los estudios universitarios y que mantiene colapsados los hospitales públicos, sitios en donde se imparten enseñanzas de pre y post-grado. ¿Cómo se puede entrenar a un joven recién egresado para ser cirujano en donde difícilmente puede practicar un mínimo de intervenciones para que sea considerado como experto en esta área?

Immanuel Kant, filósofo del siglo XVIII, estableció códigos vigentes al día de hoy, “Hacer algo porque piensas que es tu obligación es un acto moral y aunque la causa sea justa y ella no logre su finalidad, ella es correcta”. ¡Ética de la intención!

Los avances tecnológicos también deshumanizan el ejercicio de la medicina. Especialistas que sólo practican exploraciones sofisticadas o aquellos que participan en el sostén artificial de enfermos críticos no pueden involucrarse apropiadamente con ellos ni con sus familias para explicarles los riesgos y las genuinas expectativas de su tratamiento. Imagínense, estamos a las puertas de intervenciones quirúrgicas por telemetría a distancia. ¿Qué trato recibirían los que sean operados en Venezuela, desde Boston, por ejemplo? ¡La comunicación con los pacientes es esencial!

Mejorar la imagen y el papel social del médico, exige que nuestros gremios cumplan con lo estipulado en la ley de nuestro ejercicio, en “procurar y fomentar el logro de una enseñanza de alto nivel científico y humano, adaptada a las realidades y necesidades del país”. Que certifiquen adecuadamente a aquellos que soliciten credenciales de especialistas como a las instituciones que pretendan formarlos. Que las universidades sean más selectivas y eduquen con excelencia el número de médicos que necesitamos. Que le exijan al Estado que ponga la tecnología al alcance de todos pero con políticas realistas y no “echándole dinero a un saco roto”. Los altos costos actuales no pueden ser sufragados enteramente por los gobiernos de turno aunque lo diga nuestra constitución. Reconozcamos que hemos sido malos administradores de los pocos recursos existentes. Reclamemos por hospitales bien equipados, nóminas suficientes, sin clientelismo político, con médicos entrenados adecuadamente, sueldos dignos que les permitan la continuidad de su educación y que eviten el cabalgamiento de horarios con otras instituciones. Solo así no pareceremos un sindicato que únicamente brega por un incremento salarial aunque en justicia corresponda.

El Gran Médico de Córdoba, Maimónides, en el siglo XII rezaba:

“Dios, aparta de mí la tentación de que la sed de lucro y la búsqueda de la gloria me influencien en el ejercicio de mi profesión. Que siempre y sin desmayo auxilie al rico y al pobre, al justo y al injusto, al enemigo y al amigo. Aleja de mí la idea de que lo puedo todo. Dame la fuerza, la voluntad, y la oportunidad de ampliar mis conocimientos a fin de procurar mayores beneficios a quienes sufren”.

En la medida que nos alejemos de estos milenarios principios, proliferarán las propuestas “alternativas” que llenarán los vacíos de comprensión requeridos por nuestros pacientes.

Finalmente dejemos las querellas del dinero para cuando la moral está levantada en nuestros corazones. No hay oro en el mundo que resucite a un muerto. Permítanos la sociedad retribuir con amor lo que con amor nos fue enseñado.

 

*Alberto Salinas Karpel, Cirujano General, especialista en Cirugía Laparoscópica y Bariátrica, Caracas, Venezuela

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