Lance se baja de la bicicleta

Fotografía: Martin Perarnau, Reuters

Jorge Sánchez-Lander *

“Quiero morir a los cien años con una bandera americana a la espalda y la estrella de Texas en el casco, tras descender  gritando por los Alpes sobre una bicicleta, a 120 kms/hora. Quiero cruzar una última línea de meta y oír a mi esposa y a mis diez hijos aplaudiendo, y luego quiero tumbarme en un campo de esos famosos girasoles franceses y expirar con elegancia: es decir, la antítesis perfecta de la patética muerte que un día me anticiparon”

Mi vuelta a la vida, Lance Armstrong y Sally Jenkins, 2007.

La lucha contra el cáncer y el deporte de alto nivel han sido aliados desde hace algún tiempo.  Como ejemplo, desde finales de  los años 40 el Jimmy Fund,  patrocinado para la época por los Boston Braves y actualmente por los Boston Red Sox, se ha encargado de apoyar la investigación clínica y sostener el Dana-Farber Cancer Institute.  Este tipo de campañas tradicionalmente se inicia alrededor de una figura  carismática y, en este caso,  fue el niño Einar Gustafson, a quien rebautizaron con el popular nombre de Jimmy y se convirtió en la imagen del proyecto. Este pequeño de origen sueco, quien sufría de un linfoma digestivo,  fue uno de los primeros pacientes  tratados en la consulta de Sidney Farber en el Hospital de Niños de Boston.  La figura del niño  se asoció de manera mediática con el exitoso equipo de béisbol de Massachusetts, construyendo una poderosa maquinaria que ha  generado no sólo una amplia promoción, sino espectaculares recaudaciones para la causa (1). De forma similar recordamos el caso del grandeliga venezolano Andrés Galarraga, cuando en 1999  se vio obligado a un retiro temporal para ser tratado de un linfoma óseo.  El  emocionante  regreso del Big Cat  a las canchas también constituyó una prueba más de que la curación de esta enfermedad, en muchos casos,  es posible.

Pero es entre 1999 y 2005 cuando ocurre un hecho increíble.  Lance Armstrong, ciclista norteamericano  logra ganar siete veces de forma  consecutiva, entre otros títulos, la reina de la pruebas del ciclismo de ruta: el Tour de France.  Con esta  hazaña  destronaba a otros monstruos indiscutibles del pedal como Merckx, Hinault, Indurain y Anquetil.  Pero lo extraño del asunto es que esto lo lograba, no un hombre corriente, sino alguien que había estado luchando por su vida poco tiempo antes debido a un cáncer testicular que había hecho metástasis  en ambos pulmones y en el cerebro.  Armstrong, pasó  en pocos meses  del sillón de quimioterapia a subirse en el sillín de su bicicleta y se convirtió en la  imagen de una cruzada contra el cáncer. Lo hacía a la vez, como deportista de élite y como superviviente de esa enfermedad.  Seguir el Tour de France durante esos años significó, para muchos,  estar al lado del tejano y de quienes enfrentaban al cáncer.  La cita obligada durante dos semanas de julio por siete años era ingeniárselas para en cualquier momento de la consulta, o entre una operación y otra,  tomarse unos minutos para revisar el desempeño de Lance en la carrera.  El mundo no creía lo que veía a través de ESPN o TV5. Pero a algunos de los incrédulos les  llamó la atención  que alguien, con los antecedentes médicos  de Armstrong, lograra esos resultados.  Esto generó una implacable vigilancia anti-dopaje nunca antes vista, convirtiéndose en uno de los  deportistas más examinados de la historia.  Lance, “Ha pasado más de 500 controles, nunca ha dado positivo durante 14 o 15 años, la verdad es que esto no tiene sentido”,  comentó recientemente el ciclista español Markel  Irízar.  La investigación abierta por la U.S. Anti-Doping Agency (USADA), aparentemente cuenta con el testimonio de varios colegas del equipo de Armstrong  y de pruebas de laboratorios actualizadas hechas en muestras conservadas, donde se presume que  utilizó autotransfusiones y eritropoyetina para mejorar su rendimiento en las carreteras.

 La insólita respuesta de Armstrong fue desistir de defender su causa, argumentando que estaba agotado de demostrar durante una década y media que nunca había incurrido en esa falta ética. Pero como dice BBC Mundo en un reportaje del 25-8-2012: “Algunos entendidos no comprenden cómo uno de los atletas más extraordinarios de la historia del deporte mundial decidió abandonar la causa de su honra cuando en el pasado derrotó enemigos aparentemente mucho más difíciles de vencer”. Esa misma pregunta nos la hacemos quienes le hemos seguido. Para mediados de octubre, Lance renuncia a la presidencia de Livestrong, la fundación contra el cáncer que él mismo creó y, horas más tarde, Nike el gigante que lo acompañó, le retira el patrocinio. Paradójicamente, Armstrong relata en Mi vuelta a la vida, cómo Giro, la prestigiosa marca de artículos deportivos,  siendo prácticamente un desconocido, le mantuvo el patrocinio durante su enfermedad y convalecencia como una forma de apoyarle. Esto hizo  que durante toda su carrera, aún a costa de la desaprobación de otros anunciantes,  como muestra de agradecimiento Armstrong usara siempre cascos marca Giro.

Al abandonar su defensa, Lance ha decidido bajarse de la bicicleta en medio de un tumulto. Con su silencio nunca sabremos, con certeza,  si  actuó de forma deshonesta o fue víctima de un sistema que no se conformó con dudar de su hazaña, sino que se empeñó tenazmente en borrarlo de la memoria del deporte y del corazón de muchos pacientes.  El mundo ve como uno de los símbolos vivientes de esperanza se desvanece tristemente. Hoy,  al ser despojado por la Unión Ciclista Internacional de los siete títulos, Lance pasa a ser el protagonista del fraude deportivo más grande de la historia. Esto ya no es sólo un hecho circunscrito al ámbito ético o competitivo, es una profunda decepción para todos aquellos que le apoyaron. Un apoyo que había ganado por su desempeño y porque simbolizaba que el cáncer puede ser derrotado. Sólo está por verse  hasta  qué punto, lo que no pudieron hacer la enfermedad,  los interminables ascensos alpinos y las explosivas contrarrelojes entre un público que lo animaba y otro que lo insultaba, lo puedan  hacer las ansias de ganar aun bajo engaño, como decía la inefable consigna de su equipo US Postal: “ganar a toda costa”.

* Jorge Sánchez-Lander

Inst. de Oncología Luis Razetti y Clínica Santa Sofía, Caracas, Venezuela.

Caracas, 22 de octubre 2012

1. The emperor of all maladies. S, Mukherjee, 2010.

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